«Si lo que vemos cuestiona la forma en la que entendemos las leyes de lo natural, podríamos estar hablando de una fotografía que nos lleva de lo real a lo mágico.»
Soy el fotógrafo Gustavo Bravo y hoy hacemos un alto en el camino para cerrar el trimestre antes de las vacaciones de Semana Santa. Es un momento ideal para desconectar y desarrollar nuevos proyectos, por lo que vamos a adentrarnos en un concepto fascinante: el realismo mágico aplicado a la fotografía contemporánea.
Originalmente conocido en la literatura hispanoamericana, el realismo mágico naturaliza lo imposible.
La gran diferencia con la fantasía: a diferencia de géneros donde la magia ocurre en mundos lejanos y sorprende a los personajes, aquí lo extraordinario y sobrenatural forma parte de la cotidianidad y se trata con absoluta rutina.
La ambigüedad de la cámara: la fotografía registra algo que sabemos que ha ocurrido frente al objetivo, pero al descontextualizarlo o jugar con la luz, empieza a generar dobles capas de significado que acarician lo mágico sin recurrir a fotomontajes.
En España, el realismo mágico se ha entrelazado a menudo con lo rural y el costumbrismo absurdo, algo que se refleja muy bien en películas como «Amanece que no es poco».
El referente de Cristóbal Hara: es un pionero indiscutible que, mediante el poder plástico del color y su interés por lo bizarro, logró elevar lo rural y lo mundano a situaciones casi fabuladas.
El relevo contemporáneo: actualmente, el Levante y Galicia son puntas de lanza de este movimiento. Autores como Cristina de Middel con sus «Afronautas», Ricardo Cases con Estudio elemental del Levante, o la mirada quirúrgica de Txema Salvans, documentan situaciones que rozan lo surrealista partiendo de lo estrictamente real.
Ahora que muchos viajáis a zonas rurales o pequeños pueblos, tenéis la oportunidad y la responsabilidad de documentar la España auténtica antes de que la globalización termine de diluir su identidad.
Documentar el absurdo: podéis fotografiar el costumbrismo desde la ternura, el pragmatismo o subrayando lo contradictorio y lo ridículo.
Cambiar el punto de vista: no se trata de hacer un mero registro documental, sino de permitiros fabular y construir imágenes que inviten a la imaginación a partir de elementos cotidianos.
El realismo mágico no es un estilo que se pueda forzar, es una forma de mirar que se cultiva cuando te obsesionas con tu entorno. A veces pensamos que en nuestro barrio o en nuestro pueblo de veraneo «no hay nada» que fotografiar, pero esa es una barrera puramente mental. Como nos enseñan autores como Joan Fontcuberta o Cristóbal Hara, el truco está en abrazar la ambigüedad y permitir que la cámara naturalice lo extraño. Aprovechad estas vacaciones para ver películas inspiradoras y perdeos con vuestra cámara buscando ese instante donde lo real se vuelve inexplicable.
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