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Dípticos y fotolibros: Cómo hacer dialogar a tus fotografías en la doble página

«Un díptico no es la simple suma de dos fotografías; es la creación de una tercera imagen que solo existe en la mente de quien lee el libro.»

¡Hola a todos! Qué tal, soy el fotógrafo Gustavo Bravo. Hoy nos enfrentamos a una ponencia técnica un tanto especial (y con algo de tensión, porque tengo aquí una torre de libros que amenaza con venirse abajo en cualquier momento). Tras el caos y las dudas que surgieron cuando hicimos el reto de los dípticos de Joan Navarro, me pareció fundamental dedicar una clase a entender cómo hacer dialogar a nuestras imágenes. Y para ello, en lugar de recurrir a los clásicos de siempre, vamos a analizar fotolibros de autores nacionales que nos enseñan que colocar dos fotos juntas es una de las decisiones narrativas más potentes que podemos tomar.

1. La Disposición (El espacio y la conexión)

Cuando colocamos dos fotografías enfrentadas en una doble página, la primera decisión es el espacio que dejamos entre ellas.

  • El contacto físico vs. el vacío: Si dos imágenes se tocan (sin espacio en blanco en medio), generan una lectura continua, casi como un juego geométrico donde las líneas de una foto continúan en la otra. Sin embargo, si dejamos aire, establecemos un silencio. Esa separación psicológica nos indica que la relación entre ambas fotos es más conceptual o temática que física.

  • El diálogo constante: En el libro Ping Pong de Miguel Itor (con introducción de Alfredo Oliva), el autor plantea el libro entero como una partida. La secuencia te obliga a mirar de izquierda a derecha constantemente, buscando esa conexión sutil. También lo vemos en el maravilloso Sicigia de Paco Pimienta, donde la propia disposición marca un ritmo de lectura muy concreto.

2. El Tamaño (La jerarquía visual)

No todas las fotos tienen el mismo peso narrativo, y el tamaño es la herramienta ideal para demostrarlo.

  • Jerarquía horizontal: En los cuadernillos de Cristóbal Hara (editados por Ediciones Anómalas), todas las fotografías se muestran al mismo tamaño. Esto establece una relación de igualdad, donde el diálogo se basa puramente en los pesos visuales y las formas.

  • Jerarquía simbólica: Por el contrario, en el fotolibro Sol de Ricardo Cases, encontramos páginas donde una imagen es pequeña y la de al lado ocupa todo el espacio. Ese cambio no es casual; genera sorpresa, rompe la monotonía y nos indica que una foto actúa como contexto y la otra como protagonista indiscutible.

3. El Fondo y los Límites (A sangre vs. enmarcado)

El color de la página y los márgenes cambian drásticamente la temperatura emocional de un díptico.

  • Romper el marco: En Palomas al aire, Ricardo Cases lleva las fotografías «a sangre» (hasta el mismo borde del papel). Esto elimina el marco blanco tradicional y nos sumerge de lleno en la escena, haciendo que olvidemos que estamos mirando un objeto impreso.

  • La atmósfera del color: José Manuel Navia, en Pisadas sonámbulas, juega magistralmente con esto. A veces enmarca sus dípticos sobre fondos blancos y otras sobre fondos negros, cambiando por completo la atmósfera y el tiempo vital de las imágenes, e incluso se atreve a enfrentar un díptico completo en la página izquierda contra otro en la derecha.

CONCLUSIÓN La sorpresa como motor de lectura

Lo más importante al diseñar un fotolibro es recordar que las fotografías tienen mucha vida más allá del archivo original. Al alterar la disposición, el tamaño y el fondo, evitamos que el lector pase las páginas de forma automática. El díptico es una herramienta para despertar al cerebro, para invitarle a encontrar relaciones invisibles y para recordarle que está inmerso en una obra narrativa. Atrévete a jugar con tus selecciones y descubre la magia que ocurre cuando dos de tus fotos se miran a los ojos.

Gustavo Bravo (foto: Jeosm)

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