¿Se puede ser uno de los mejores fotógrafos de la historia sin enseñar jamás una foto?
La historia de la fotografía está llena de egos gigantes, pero el caso de Vivian Maier es la excepción que rompe la regla. Una niñera solitaria, excéntrica y celosa de su intimidad que murió en la pobreza sin saber que, en unos trasteros de Chicago, dejaba tras de sí una de las miradas más afiladas del siglo XX.
En esta ponencia monográfica, vamos más allá del documental viral para analizar la psicología visual de Maier y el debate que divide al mundo del arte.
Si algo define a Maier son sus selfies en escaparates, espejos retrovisores y sombras.
No es narcisismo, es afirmación: Para una mujer invisible (una niñera en una sociedad clasista), fotografiarse a sí misma era la única forma de decir «Yo existo».
Técnica: Analizamos su uso magistral de la Rolleiflex de formato medio, disparando desde la cintura, lo que le permitía mirar a los ojos a sus sujetos (o a sí misma) sin ser agresiva.
Hablamos del descubrimiento accidental de sus negativos por John Maloof en una subasta.
Surge la gran pregunta ética: Vivian Maier era extremadamente reservada. Publicar su obra masivamente, hacer películas sobre ella y convertirla en un icono pop… ¿Es un homenaje a su talento o una violación de su privacidad póstuma?
Escuchamos testimonios (en el vídeo) que sugieren que la fama mundial la habría horrorizado.
Vivian no fotografiaba para gustar, ni para vender, ni para exponer. Fotografiaba porque no podía evitarlo. Eso dota a su obra de una libertad que ningún fotógrafo profesional tiene.
Capturaba la crudeza de la calle, la tristeza de los niños y la absurdez de la clase alta con una ironía fina, casi cruel a veces, pero siempre honesta.
Nos guste o no el circo mediático montado a su alrededor, la realidad es que Vivian Maier ha reescrito los libros de Historia de la Fotografía. Nos enseña que el talento no necesita aplausos para existir, solo necesita un ojo despierto.
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