«Antes de que desaparecieran, un hombre decidió vender su vida para robarles el alma y guardarla en cristal.»
Hoy analizamos el que está considerado el primer gran proyecto fotográfico de la historia: la obra de Edward S. Curtis. Un fotógrafo de éxito en Seattle que lo dejó todo para documentar a las 80 tribus de nativos americanos que quedaban en Norteamérica. Pero no solo vamos a ver sus fotos; vamos a ver cómo sus fotos enseñaron al cine a representar (o malinterpretar) al indio americano.
Curtis era un retratista de sociedad rico que usaba colodión húmedo. Su vida cambió cuando conoció a Princess Angeline, la hija de un jefe tribal que malvivía en una chabola de Seattle vendiendo moluscos.
El Retrato: Al fotografiarla, Curtis sintió que debía documentar esa cultura antes de su extinción inminente.
El Mecenas: Para financiar un proyecto de 30 años y 20 volúmenes, consiguió el apoyo del presidente Theodore Roosevelt y el dinero de J.P. Morgan, a quien convenció enseñándole la foto de una joven Mojave.
Curtis no solo hacía fotos bonitas con luz Rembrandt. Hizo un trabajo antropológico brutal:
Viajó en tren, barco y diligencia por todo el territorio.
Grabó cilindros de cera con sus cánticos, transcribió partituras y documentó rituales.
La Estética Pictorialista: Sus retratos buscan la belleza y la idealización. Usaba una luz lateral elevada (Rembrandt) y fondos neutros (o las propias tiendas) para dignificar a los sujetos, alejándolos del concepto de «salvaje» que vendía el gobierno.
Analizamos dos formas opuestas de usar el legado de Curtis en el cine:
El Rigor (El Renacido – Iñárritu): En la primera escena de la película, vemos a la tribu Arikara (documentada por Curtis). El vestuario, el maquillaje y la actitud están calcados de las fotografías de Curtis. Aquí los nativos son personajes complejos que participan de igual a igual en la trama.
El Estereotipo (Cine de Custer): Vemos fragmentos de una película sobre el General Custer rodada en España (Almería y Toledo).
El disparate: Los indios son actores españoles pintados, no hay rigor en la vestimenta y se les retrata como monstruos que cortan cabelleras (una práctica que, irónicamente, fomentaba el gobierno pagando por cabelleras indias).
El mensaje: Se justifica el exterminio («No hay mejor indio que el indio muerto») para el avance del ferrocarril.
Curtis creó un imaginario tan potente (el indio serio, estoico, guerrero) que ha condenado a los nativos actuales a vivir bajo ese cliché.
Vemos una escena de la película Señales de Humo (Smoke Signals) donde un joven le dice a otro: «Tienes que parecer que acabas de cazar un búfalo, no que vienes de pescar».
Si no se parecen a las fotos de Curtis o a Bailando con Lobos, la sociedad no los reconoce como «auténticos indios».
El trabajo de Curtis acabó olvidado en el sótano de una biblioteca de Boston durante 40 años hasta ser redescubierto. Hoy, gracias a la digitalización de la Northwestern University, podemos acceder a él. Es una obra monumental, pero debemos mirarla con ojos críticos: es la visión de un hombre blanco, colonialista y romántico, que construyó una realidad exótica que, aunque bella, encerró a los nativos en una vitrina de cristal.
Curtis caminó por una fina línea entre el homenaje y la invención. Pero, ¿cómo nos acercamos hoy a otras realidades sin caer en el exotismo? No te pierdas la entrevista con Elena Pedrosa donde debatimos sobre la ética en el proyecto fotográfico. 👉 [Ver Entrevista con Elena Pedrosa]
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